Yukinori Yanagi: El Mare Pacificum 

Del 26 de marzo al 9 de agosto de 2026

EstaciónMAZ

 

 

El Océano Pacífico lleva un nombre engañoso; sugiere calma y quietud, como si sus aguas respondieran a una promesa de serenidad. Sin embargo, la historia ha desmentido reiteradamente esa ilusión. Este vasto territorio marítimo ha sido escenario de algunas de las violencias más profundas del siglo XX: la Guerra del Pacífico —conflicto parte del proyecto de expansión imperial japonés en las Islas del Pacífico y del Sudeste Asiático—, las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, y las pruebas nucleares realizadas por los gobiernos francés y estadounidense en los atolones de Mururoa y Bikini en Oceanía.

 

Para el artista japonés Yukinori Yanagi, atravesar este océano cargado de memorias implicó también enfrentarse a la frontera más vasta de su país natal. Japón, al ser un archipiélago, puede recorrerse de extremo a extremo sin entrar en contacto con otro país. Desde esta condición insular puede entenderse su interés por evidenciar la ficción detrás de los límites establecidos por los estados-nación y la cultura patriótica que los sostiene; así como su investigación sobre el Océano Pacífico, una frontera líquida que ha cruzado repetidamente a lo largo de su vida.

 

Una parte fundamental de su trabajo consiste en revisitar las grandes tragedias históricas que cambiaron el curso de la humanidad, como la Segunda Guerra Mundial. Obras como Absolute Dud (2007 – 2016) o From the Sky (2024) funcionan como emblemas que recuerdan las desgarradoras consecuencias de la guerra. A la vez, el artista entreteje reflexiones punzantes, como la capacidad destructiva de las armas nucleares, con íconos de la cultura popular que se han consolidado en el imaginario colectivo, como Godzilla.

 

A través del uso y la erosión de banderas, desestabiliza la idea misma de frontera. En sus instalaciones, estos límites se disuelven, revelando la inestabilidad de las categorías que organizan el mundo contemporáneo. El entorno que habitamos es en realidad una constelación de lugares interconectados más que un territorio fijo y delimitado.

 

En el contexto posterior a la Guerra Fría y la caída del muro de Berlín, se generó un terreno especialmente fértil para cuestionar la construcción de la identidad nacional. En este contexto, Yanagi comenzó a examinar críticamente símbolos asociados al militarismo japonés, como el hinomaru o “sol naciente”. Atravesado por contradicciones, el emblema nacional remite tanto a la posición geográfica del país —al este, donde nace el sol— y al mito según el cual el emperador desciende de Amaterasu, diosa del sol y gobernante del país de los dioses. Sin embargo, el mismo símbolo fue adoptado como bandera militar durante las campañas de ocupación japonesa en el sudeste asiático.

 

El trabajo del artista revela cómo estos emblemas condensan narrativas de poder, y cómo el nacionalismo exacerbado puede producir consecuencias devastadoras, contraponiendo así la tragedia nuclear a los propios símbolos nacionales, como si se tratara de la otra cara de una misma moneda.

 

Para Yanagi, el arte implica siempre una relación con el otro. De todos los otros que no somos nosotros, los muertos ocupan un lugar central, pues con ellos ya no es posible entablar una comunicación directa de conocimiento mutuo y conciliación. La práctica artística puede abrir un espacio para ese encuentro: una forma de mantener una conversación entre pasado y presente.

 

 

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