(Des)vestir y (des)obedecer
Del 5 de junio al 6 de septiembre 2026
Programa de Diseño Moda y Arquitectura
Curador: Rodrigo Santoscoy
Artistas:
Pía Camil, Edgar Cobián, Mella Jaarsma, Mike Kelley, Sarah Lucas, Yeni Mao, Balleth Meccanicue, Guadalupe Montes, Maximiliano Ruelas, Bárbara Sánchez-Kane, Urara Tsuchiya, Sentimiento.
Sala Juan Soriano
Un comercial de la marca Levi’s del 2000 muestra a dos jóvenes desnudos acostados sobre un sillón. Conforme intercambian caricias, se inicia una coreografía fluida en la que se van colocando prendas mutuamente. Comienzan con un calcetín, que de forma lenta y provocadora se desenrolla sobre uno de los pies. Desde una toma cenital, vemos cómo ruedan al piso entrelazados en un beso, mientras se abrocha un brasier en una de las espaldas. A medida que las manos continúan recorriendo sus cuerpos, se introducen unos pantalones de mezclilla que se ajustan sobre una cadera. Las caricias se confunden con las diferentes prendas que van enfilando. Con frenesí e intensidad, la acción se acelera hasta que finalmente se descubren los dos cuerpos, completamente vestidos. Esta escena genera una aleación entre la acción de vestirse y el placer, revelando así la fuerza del deseo por cubrir el cuerpo.
Las instituciones modernas occidentales —como las médicas y sanitarias— se encargaron de reglamentar el cuerpo por medio de estrategias de dominio y control. Para ello se establecieron agendas que permitieron discernir entre lo civil y lo bárbaro, lo administrable y lo condenable. Una de las principales consecuencias fue la regularización del deseo. El deseo, como esfera de lo privado, migró a la esfera del interés público, delimitada por valores seculares en torno al género, la raza y la clase social. No es arbitrario que la indumentaria se considere una de las herramientas más eficientes del control biopolítico: vestir al cuerpo es un deseo en tensión con la sociedad que regula su comportamiento.
En su texto sobre el desnudo en el cine, la crítica cultural estadounidense Susan Sontag enfatiza el poder simbólico de la indumentaria al afirmar que desvestir un cuerpo equivale a despojarlo de su identidad. Lejos de ser una observación naïf, Sontag encuentra que el hecho de revestir tiene el potencial de transformar. Para ello, es importante entender que el signo es la asociación perceptible de una idea y que este se compone de dos elementos: su significante y su significado. Mientras uno abarca las cualidades matéricas y sensoriales, el otro recoge sus asociaciones contextuales. Sin embargo, al entender la indumentaria desde lo simbólico, es fundamental establecer que no solo tiene la capacidad de transformar, sino que, simultáneamente, cuestiona y fortalece los valores establecidos.
Históricamente, la indumentaria se ha construido en torno a su relación utilitaria y cultural con el cuerpo, en servicio de la protección corporal, la modestia y la ornamentación. Esta transacción consiste en revelar ciertas partes del cuerpo mientras otras se ocultan. De esta forma, la indumentaria es una segunda piel que descansa sobre el cuerpo desnudo. La piel —el mayor órgano del cuerpo humano— es un órgano expuesto, sensible y vulnerable que, al pertenecer al ámbito biológico del ser humano, se encuentra cargada de detalles políticos que la sitúan en el ámbito cultural. Si la indumentaria es una segunda piel, el cuerpo vestido es una expresión que refleja las relaciones políticas intrínsecas a esa piel.
Vestir al cuerpo es un mecanismo polisémico que refuerza, cuestiona y transforma simultáneamente; por un lado permite satisfacer el deseo de alterar el orden establecido y por otro es una sentencia a desfilar vestidos en el nuevo traje del emperador.
Rodrigo Santoscoy

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Date:
5 mayo, 2026
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