Priscilla Monge: Canchas desiguales

Del 4 de junio al  31 de julio 2026
Una colaboración con Fundación Televisa

Patio principal del MAZ

 

La idea de la cancha de fútbol viene de varios lugares. El primero es la nostalgia geográfica. Durante una estadía larga en Bélgica, lo primero que extrañé fue la ausencia total de montañas. En Costa Rica vivimos dentro de una geografía terriblemente accidentada: muchas montañas, algunos valles y una cantidad considerable de volcanes para un país tan pequeño.

La idea comenzó a formarse desde finales de los años noventa, pero fue hasta 2004 que se presentó por primera vez: una pequeña cancha indoor en una exhibición titulada Nostalgia of the Body/Nostalgia del cuerpo. No es casualidad ese título. La geografía tiene que ver, de muchas maneras, con el cuerpo; y el cuerpo, a su vez, con la geografía.

Concebí la pieza estando en un lugar extraño. Cuando una está en esa situación, muchas de las formas conocidas cambian y hay que inventarse nuevas maneras de vivir. Una cancha de fútbol es un territorio reconocible en casi todo el mundo. La mayoría de las personas entiende ese espacio, sabe cómo entrar en él, cómo leerlo, aunque sea de manera intuitiva. Por eso pensé que era un espacio bastante democrático, al menos en ese sentido: cualquiera puede relacionarse con él.

Su primer título, Heterotopía, venía precisamente de ahí: de crear un espacio dentro de otro espacio, un texto dentro de otro texto. Pero, aunque el lugar resulte familiar, para jugar en él hay que replantearse las reglas. Es un juego que no es parejo, como la vida. La cancha no está plana, y la vida real tampoco. En esta ocasión, la obra se transforma en Canchas Desiguales. El nuevo título señala una realidad más directa: no todos tenemos las mismas oportunidades, ni los mismos obstáculos. El terreno sobre el que jugamos nunca es neutral.

Cada vez que esta obra se realiza, de alguna manera sale de los límites convencionales de una obra de arte y se convierte en un evento. La cancha deja de ser solamente un objeto o una instalación para activar relaciones, encuentros y formas temporales de comunidad.

En el pasado, una versión de la obra se realizó en la Place Stalingrad, en París, muy cerca de un barrio de inmigrantes. Ese contexto hizo visible otra dimensión de la pieza: estos espacios pueden servir para hacer comunidad, aunque sea de manera breve. Por un momento, el terreno compartido permite que personas distintas entren en una misma situación, negocien sus movimientos y participen de un juego común.

Ahora, Canchas Desiguales se presentará en México en junio de 2026, en un contexto donde la pregunta por la desigualdad adquiere una resonancia particular. México es un país atravesado por enormes diferencias sociales y económicas, y el fútbol, que muchas veces se imagina como un lenguaje común, también refleja esas tensiones. Incluso el Mundial aparece marcado por esa paradoja: mientras el juego convoca a millones de personas, la experiencia de estar en los partidos en vivo queda reservada, en gran medida, para quienes tienen los recursos suficientes para acceder a ella.

En México, la obra se sitúa en tres ciudades: Monterrey, Guadalajara y Ciudad de México. Esta circulación no es un dato menor. Cada una de estas ciudades tiene una configuración social, económica y urbana distinta, y esas diferencias modificarán inevitablemente la manera en que la cancha se activa y se relaciona con quienes la habitan. La misma obra no será la misma en cada lugar. El terreno desigual encontrará otros cuerpos, otros públicos, otras formas de convivencia y otras tensiones. Así, las tres canchas no funcionan como repeticiones idénticas, sino como variaciones de una misma pregunta: ¿cómo se juega, cómo se participa y cómo se comparte un espacio cuando las condiciones de partida nunca son iguales?

En este contexto, la posibilidad de que niñas, niños y adultos entren a la cancha es fundamental. La obra no se limita a ser observada: se activa con los cuerpos que la recorren, la juegan y la ponen en tensión. Allí, el arte deja de ocupar una distancia contemplativa y se convierte en una experiencia compartida, accesible y directa. La cancha permite que personas de distintas edades y contextos se relacionen con una idea compleja, la desigualdad, no solo desde el pensamiento, sino desde el cuerpo, el equilibrio, el esfuerzo, el juego y la risa.

En ese sentido, la obra dialoga no solo con la forma física de una cancha inclinada o accidentada, sino también con las estructuras sociales que determinan quién puede entrar, quién puede jugar, quién puede mirar desde cerca y quién queda afuera. La cancha se vuelve una imagen concreta de una realidad más amplia: el terreno nunca está igualmente distribuido.

Canchas Desiguales habla de la geografía, del cuerpo, de las reglas invisibles que determinan cómo nos movemos en el mundo y de la posibilidad de encontrarnos, aunque sea por un instante, dentro de un terreno compartido.

 

Priscilla Monge

 

 

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